EL ESCONDITE DEL SILENCIO
En la segunda zona de Collique, la casa de Ana y Julián no se distinguía por sus lujos, sino por ese eco constante de las risas que se escapaban por las ventanas. Eran una pareja muy amorosa, que aún se buscaban las manos mientras caminaban. Su felicidad terminó de florecer con la llegada de Elizabeth una pequeña de mejillas encendidas y una curiosidad inagotable que convertía cada rincón de la sala en un universo de juegos y risas. Para Ana los días no se median en horas, sino en los abrazos de su hija y en esa energía inagotable que lograba que incluso las tardes más calurosas de Lima se sintieran como un regalo.
Aquella tarde de sábado, el calor era muy sofocante. Julián se despidió con un beso en la frente de ambas antes de irse a trabajar, dejando a Ana ya la pequeña Elizabeth solas en el hogar. ¡Vamos a jugar a las escondidas, mami!, le grito la niña, saltando con alegría. Ana contagiada por la energía de su hija, ganó el reto. Cerró los ojos y comenzó a contar lentamente permitiendo que Elizabeth buscara el escondite perfecto. “¡Uno, dos, tres…! ¡Allá voy!, gritó con una sonrisa, iniciando con la búsqueda que comenzó como un juego y terminaría como una pesadilla.
Pasaron 30 minutos, luego 1 hora. Ana buscó por todas las habitaciones, miró debajo de las camas y detrás de las cortinas, riendo inicialmente y llamando a su hija con apodos cariñosos. Pero el silencio comenzó a ponerse denso. La risa de Ana se apagó cuando notó que la puerta principal estaba ligeramente abierta. Un frío le recorrió todo su cuerpo a pesar del calor que hacía. Convencida de que la niña había salido a la calle aprovechando un descuido, Ana salió desesperada.
Corrió hacia el mercado con el corazón agitado. Preguntó a los comerciantes, gritó el nombre de Elizabeth hasta quedarse ronca y buscó cada callejón, pensando que alguien podría haberla llevado o que se habría perdido entre la multitud. Regresó a casa 2 horas después, cansada, justo cuando Julián llegaba del trabajo. Al ver el rostro triste de su esposa, el mundo de Julián se derrumbó.
En medio del llanto y la histeria, Ana entró en un estado de shock traumático. Sus movimientos se volvieron mecánicos, casi como un robot “Tengo que lavar su ropa”, murmuraba con la mirada perdida, “Elizabeth querrá su vestido limpio cuando la policía la traiga a casa”. Julián intentaba calmarla, pero ella se alejó para dirigirse a la lavadora del patio. Recordó que antes de salir al mercado en su primer ataque de pánico, había programado la lavadora para ganar tiempo, asumiendo que estaba vacía y lista para el ciclo.
Al acercarse a la lavadora, notó que el ciclo de lavado había terminado, con dedos temblorosos, Ana levantó la tapa. El vapor del agua y el aroma dulce del suavizante golpearon su rostro. Allí, entre las prendas húmedas y ahora silenciosas, yacía el cuerpo pequeño y delicado de Elizabeth. En su inocencia, la niña había encontrado la lavadora un escondite perfecto, donde nadie la encontraría. No notó con que su madre, en la urgencia de su desesperación por salir a buscarla, accionaria el mecanismo de muerte, sin saber que el premio de aquel juego sería el fin de su existencia. Elizabeth había ganado el juego de las escondidas. Había encontrado un lugar donde la luz del sol de Collique jamás volvería a alcanzarla .
(Tayra Quispe Romero 5to B)













