AMÉRICA MARÍA / de cómo se amaba a la
mujer como al universo mismo
A Carmen Lizama
mi mujer se llama María, se llama luna, se llama
siega en el campo
al atardecer.
se llama lluvia en el terral baldío, flama de leña
que cuece los adobes,
río que serpea hacia las caudalosas aguas del
Amazonas. se llama roble roto,
roca ígnea, nido de colmillos de caimanes.
mi mujer se llama María, se llama sol, se llama
pared de granito que acaba
de caer.
se llama golondrina, se llama cántaro de agua, agua
de garúa, tromba de enero, granizo de la Patagonia. se llama polen, mariposa
iridiscente,
manos arqueadas por los años.
mi mujer se llama María, se llama mar, se llama
tormenta mar adentro,
cardúmenes coleteando en la playa, barca encallada
en la arena, albatros
volando en un vuelo eterno.
se llama crisálida, niebla densa, arroyo recién
nacido, eco que repiquetea
en la montaña, luz chispeante, recodo hecho con mis
manos.
mi mujer se llama María, se llama tierra, se llama
volcán, se llama América
donde se inicia el orbe, fosa bajo el nevado,
pastizal que siempre retoña, ubre para el nacido.
se llama cantera pulida, manto paracas, fruto que
brota de la tierra, hoja de coca chacchada. se llama puna, andenería, serpiente
tallada en la piedra,
helada que estremece en el altiplano.
mi mujer se llama María, se llama luna, se llama
sol, se llama mar, se llama
tierra, se llama América que crece y se ramifica al
mundo.
GENÉSICO / en
que se establece una relación entre hombre y natura
cuando nací me amamantaron los caimanes,
crecí reptando en la grama húmeda que se extendía a
lo largo del Marañón,
el sol horadaba el camino por donde andaba al
mundo.
la piedra sobre el helecho ajustando la espesura,
el nido caído, el cedro endurecido, las fauces de
un animal milenario
petrificado frente a nosotros. yo crecía delineando
las fronteras sobre
la tierra seca con las vértebras de un cuadrúpedo
muerto.
cubrí mi cuerpo con mantas de tocuyo y hojas de
nogal,
anduve en círculos bajo la lluvia oliendo el
llantén
que me envolvía, cruzaba el río sobre una balsa que
había hecho
con amarras de maderas de lupuna,
los cafetales se extendían kilómetros a la redonda,
las hojas de coca florecían verdes en la llanura,
alrededor
las reses verdes pacían desolladas.
un acantilado con enredaderas, unos bejucos
arrancados de raíz,
bajo el suelo la tumba abierta, el oro extraído,
la calavera petrificada, el ala chibcha abatida,
el camino araucano cubierto de cicatrices y
levedad,
el dolor del parto de este día, las aves de carroña
en el cielo,
los peces en las aguas envenenadas, el nido de las
procreaciones eternas
al
son de los sikuris.
yo danzaba dando vueltas, girando como un astro
alrededor
de un astro mayor, mis pies se ovillaban en la
tierra,
mi cuerpo daba vueltas sin parar hasta que cesaban
las pulsaciones.
América se eternizaba en mí.
ETNIA VERDE / del verde como color de la natura
estoy
recorriendo los espacios de las procreaciones,
las
entrañas de América me muestran los dolores del parto.
madre
genésica,
verde
al sur con cactus pequeños,
verde
al norte destrenzada de cabellos verdes,
verde
ensanchado a los extremos,
voy
mordisqueando el verdor hasta romper mis dientes.
el sol
calienta la piel mientras camino sobre este tapiado
de
yerbas verdes.
todo
es verde a mi alrededor, esta isla es verde a perpetuidad,
verde
vendaval, verde lluvia que cae sobre el tejado,
nervadura
verde, verde safari excavado desde sus entrañas,
matriz
verde cepa, hongo crecido, hojas verdes con flores verdes violetas,
germinaciones
verdes.
el
litoral se extiende mientras busco tu cuerpo entre el follaje crecido.
camino
y al andar la tierra se recrea haciéndose más imperecedera,
más
ladeada a los extremos y más honda al centro.
estoy
en el centro, en esta hollada de verdor,
y la
nieve no cae porque no hay nieve verde,
y la
noche no se eterniza porque no hay noche verde,
y el
cielo se estremece de un verdor que solo es posible ver
desde
este punto verde de nuestra América que crece indetenible.
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