martes, 19 de mayo de 2026

EL ESCONDITE DEL SILENCIO - Cuento

 


EL ESCONDITE DEL SILENCIO

 En la segunda zona de Collique, la casa de Ana y Julián no se distinguía por sus lujos, sino por ese eco constante de las risas que se escapaban por las ventanas. Eran una pareja muy amorosa, que aún se buscaban las manos mientras caminaban. Su felicidad terminó de florecer con la llegada de Elizabeth una pequeña de mejillas encendidas y una curiosidad inagotable que convertía cada rincón de la sala en un universo de juegos y risas. Para Ana los días no se median en horas, sino en los abrazos de su hija y en esa energía inagotable que lograba que incluso las tardes más calurosas de Lima se sintieran como un regalo.

Aquella tarde de sábado, el calor era muy sofocante. Julián se despidió con un beso en la frente de ambas antes de irse a trabajar, dejando a Ana ya la pequeña Elizabeth solas en el hogar.  ¡Vamos a jugar a las escondidas, mami!, le grito la niña, saltando con alegría. Ana contagiada por la energía de su hija, ganó el reto. Cerró los ojos y comenzó a contar lentamente permitiendo que Elizabeth buscara el escondite perfecto. “¡Uno, dos, tres…! ¡Allá voy!, gritó con una sonrisa, iniciando con la búsqueda que comenzó como un juego y terminaría como una pesadilla.

Pasaron 30 minutos, luego 1 hora. Ana buscó por todas las habitaciones, miró debajo de las camas y detrás de las cortinas, riendo inicialmente y llamando a su hija con apodos cariñosos. Pero el silencio comenzó a ponerse denso. La risa de Ana se apagó cuando notó que la puerta principal estaba ligeramente abierta. Un frío le recorrió todo su cuerpo a pesar del calor que hacía. Convencida de que la niña había salido a la calle aprovechando un descuido, Ana salió desesperada.

Corrió hacia el mercado con el corazón agitado. Preguntó a los comerciantes, gritó el nombre de Elizabeth hasta quedarse ronca y buscó cada callejón, pensando que alguien podría haberla llevado o que se habría perdido entre la multitud. Regresó a casa 2 horas después, cansada, justo cuando Julián llegaba del trabajo. Al ver el rostro triste de su esposa, el mundo de Julián se derrumbó.  

En medio del llanto y la histeria, Ana entró en un estado de shock traumático. Sus movimientos se volvieron mecánicos, casi como un robot “Tengo que lavar su ropa”, murmuraba con la mirada perdida, “Elizabeth querrá su vestido limpio cuando la policía la traiga a casa”. Julián intentaba calmarla, pero ella se alejó para dirigirse a la lavadora del patio. Recordó que antes de salir al mercado en su primer ataque de pánico, había programado la lavadora para ganar tiempo, asumiendo que estaba vacía y lista para el ciclo.

Al acercarse a la lavadora, notó que el ciclo de lavado había terminado, con dedos temblorosos, Ana levantó la tapa. El vapor del agua y el aroma dulce del suavizante golpearon su rostro. Allí, entre las prendas húmedas y ahora silenciosas, yacía el cuerpo pequeño y delicado de Elizabeth. En su inocencia, la niña había encontrado la lavadora un escondite perfecto, donde nadie la encontraría. No notó con que su madre, en la urgencia de su desesperación por salir a buscarla, accionaria el mecanismo de muerte, sin saber que el premio de aquel juego sería el fin de su existencia. Elizabeth había ganado el juego de las escondidas. Había encontrado un lugar donde la luz del sol de Collique jamás volvería a alcanzarla . 

                  

(Tayra Quispe Romero 5to B)

                   

viernes, 15 de mayo de 2026

Las cicatrices de la exhibición - Cuento

 



Las cicatrices de la exhibición

 

-Solo serán unos minutos adentro - decía el guía mientras abría la puerta metálica. 

- No hagan movimientos bruscos y sigan las instrucciones de la cuidadora.

Debí irme en ese momento. Pero todos parecían emocionados.

El zoológico había inaugurado una experiencia exclusiva donde pequeños grupos podían entrar al área de convivencia de Tom, el chimpancé más famoso del lugar. Según los anuncios, era seguro porque había sido criado desde bebé por humanos.

Dalia prácticamente me obligó a entrar. 

- Samanta esta experiencia cuesta un montón. Disfrútala - me susurró riéndose.

Intenté sonreír, aunque algo dentro de mí se sentía incómodo.

El lugar era diferente al resto del zoológico. No había rejas ni vidrios de seguridad. Solo árboles artificiales, algunas rocas y una puerta de emergencia al fondo. Parecía más una sala de exhibición que el espacio de un animal salvaje. Entonces apareció él. Caminó lentamente hacia nosotros mientras una mujer se acercaba sonriendo, tenía una credencial con el nombre de Clara.

- No tengan miedo - dijo Clara con tranquilidad. 

- Tom está acostumbrado a convivir con personas. Yo lo lloro desde que era un bebé.

El chimpancé se sentó junto a ella como si entendiera cada palabra. Varias personas al ver, comenzaron a tomar fotos. Él observaba a cada persona lentamente, inquieto. 

- ¿Podemos acercarnos? - Preguntó a una niña. 

- Claro, pero uno por uno.

Las personas comenzaron a acercarse para tomar más fotos, ante ello, Tom parecía tranquilo, aunque respiraba cada vez más rápido. Yo no quería acercarme, había algo en él que me asustaba.

Dalia me empujó un poco.

- Ve, te tomo una foto rápida.

Suspiré y avancé, al notar esto, Clara sonriendo dijo

- Tranquila, él nunca lastimó a nadie. Y ahí fue que escuché un flash, luego otro y otro más. Tom giró bruscamente y soltó un chillido que hizo que todo el lugar se paralizara. Y en ese momento él comenzó a desesperarse, al punto de que la gente entró en pánico y comenzó a correr y empujarse mientras el chimpancé golpeaba el suelo y lanzaba todo lo que encontraba a su paso.

Intenté retroceder, pero inútilmente, tropecé. Y entonces me vi, nunca había sentido tanto miedo.

- ¡Samanta! - gritaba Dalia.

Intenté levantarme, pero él llegó antes.

Sentí cómo sus uñas se clavaban en mis brazos mientras trataba de apartarlo. Y empezaba a tener un dolor insoportable en mis hombros. Gritaba desesperadamente por ayuda, al sentir mi piel desgarrarse y el calor de la sangre correr por mi rostro. Cada movimiento era otra herida.

- ¡Tomás! ¡Suéltala! -gritaba Clara entre lágrimas

- ¡Soy yo! 

Pero él parecía no reconocerla. En medio del pánico, vi como tomó un cuchillo de emergencia y temblando, decía

- Lo siento Tom.

Después solo recuerdo luces y la sirena de una ambulancia. Cuando desperté en el hospital, tenía vendas cubriendo mi rostro y ambos brazos. Mi madre y mi amiga lloraban inconsolables al verme en ese estado. Nada sería igual.

Las noticias llamaron al caso "la tragedia de la exhibición". Todos discutían quién era el culpable. Pero nadie hablaba de lo difícil que era verme al espejo y sentir que la persona de antes, había desaparecido. 

Una noche vi a Clara en televisión y con la voz entrecortada decía

-Tom era parte de mi vida... lo llora como a un hijo.

En ese instante empecé a sentir mucha rabia, porque mientras ella lamentaba la pérdida de Tom, yo lamentaba haber perdido mi reflejo, mi vida. A veces sueño con ese día. Y siempre que despierto recuerdo lo mismo: "Los animales salvajes pueden acostumbrarse a los humanos, pero eso no significa que dejen de ser salvajes".

  

 (Allyson Durand - 5to "A")




sábado, 9 de mayo de 2026

DÍA DE LA MADRE EN LA I.E Perú BIRF


El día de ayer, la I.E. Andrés Avelino Cáceres festejó a lo grande el día de las madres. La participación no solo estuvo a cargo de los estudiantes, sino también de los docentes. Desde este tu blog Ángeles de corral, queremos saludar a todas las madres en su día, muy en especial a todas las madres de nuestra comunidad educativa.








EL ESCONDITE DEL SILENCIO - Cuento

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